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UN POCO DE HISTORIA...
La
triste historia de la expulsión de los mosriscos de estas
tierras ha dado lugar a leyendas, que como todas tienen su parte
de verdad y su parte de fantasía. Una de ellas ha quedado
inmortalizada en el nombre de una hermosa y curiosa montaña,
el Cavall Vert. La parte de verdat es que el 29 de septiembre
del año 1609 Felipe III dictó el decreto de expulsión
de los moriscos. Préviamente ya habían desembarcado
los tercios de Lombardía, Flandes y Nápoles. Las
fuerzas militares del Duque de Gandía se reforzaron y
al mando de las tropas gubernamentales se designó el general
de campo, D. Agustín Mejía, quién ordenó
al capitán Diego de Mesa fortificar Pego y vigilar los
valles de Perpuchent, Alcalá, Gallinera y Ebo, con el
fin de que estos moriscos quedaran aislados de los rebeldes de
Alahuar, Jalón, Castell y Guadalest. Se intentó
pactar con ellos, pero ante las reiteradas negativas moriscas,
el 15 de noviembre se da la orden de atacar.
Al mando de los insurrectos está un antiguo panadero,
llamado Amed Al Mellini, natural de Beni-Campell. Como tantos
otros moriscos que ejercían de labradores, carpinteros,
herreros, etc, no aceptaba ni entendía porque debía
abandonar su tierra. Su extirpe llevaba la friolera de 900 años
por estos pagos de Dios, perdón de Alá, y se resistía
a abandonar la tierra en donde reposaban sus mayores, la tierra
que le vio nacer y la tierra que trabajaba. Mellini -como ya
lo hiciera 350 años antes al-Azrâq- convocó
a todos los moriscos que no quisieron aceptar summisamente la
deportación.
Tras encarnizada lucha, los moriscos se ven obligados a remontar
La Vall de Laguar (Alahuar). Primero cae el Castell de Azaharas,
junto a Fontilles y retroceden ascendiendo hasta la cabecera
del valle, para guarecerse en el último reducto, el Castell
de Pop. Fortaleza emplazada en uno de los dos picos que forman
el Cavall Vert. El 21 de noviembre se rindió el castillo
¿Qué sucedió entonces? A esta cuestión
responde la leyenda, obviamente cristiana, supongo que creada
para atenuar la matanza brutal de moriscos.
La cresta de la montaña del Cavall Vert tiene una curiosa
forma de silla de montar que une dos picos escarpados. La leyenda
cuenta que Mellini, su familia y seguidores, desesperados y acorralados,
subieron a la silla del Cavall Vert (precipicio que separa ambas
cimas de 789 m.). Allí oteaban el horizonte infinito,
que alcanzaba ver hasta Ibiza, con la esperanza de que por fin
apareciera en lontananza el Cavall Vert, que venido de oriente
y ondeando el pendón verde de la media luna, les salvara
de una muerte segura. La esperanza verde no llegó y los
moriscos, antes de entregarse, se arrojaron por el precipicio.
A esta silla rocosa se la denominó el Cavall Vert.
En realidad la leyenda del Cavall Vert nace del nombre ibérico
que tienen las humedales bart, que se confunden habitualmente
con el catalán vert. En este caso se trataba del humedal
de Fontilles. Todos lo conocemos, ¿todos?. Ya Escolano
habla de muchas fuentes que allí nacen y Mestre Palacio
la califica de partida de tierra baja, húmeda y muy fértil
junto al Assagador. En la actualidad está amurallada,
por creerse años atrás que la lepra era contagiosa
por contacto, Esta zona tan húmeda dió nombre ibérico
al valle, bart, que se recuperó en vert.
¿Pero por qué la referencia a un caballo verde?
Muy sencillo, en la toponimia existen muchas referencias al caballo,
que a su vez son otro truco imaginativo que nos juega la lengua.
Cuando se habla que algo está situado en la cabecera de
un valle, en época latina se designaba como caput vallis
(cap-vall, cabeza del valle) que originó cavall. Hay muchos
ejemplos: Penya del Cavall (Al-cudia de Veo);Monte del Caballo
(Gaibiel), y el pueblo Cabeza del Caballo que es una redundancia.
Cavall Vert describe, por tanto, la «Cabeza del Valle que
tiene el humedal (Fontilles)».
Me perdonarán ustedes una pequeña digresión,
pero lo tengo que contar. Hablando sobre los topónimos
alusivos a la «cabeza», por estar ubicados en el
caput vallis, encontré un soberbio ejemplo en los Pirineos
de Huesca. En lo más recóndito, al final del valle,
en donde la tierra se acaba porque a sus espaldas sólo
hay montes de tres mil metros, una pequeña aldea osa llamarse
La Cebezonada. Conocemos todos el estereotipo del baturro cabezudo.
La rechifla, pues, para con el pueblo es constante y solemne:
¿Pero que hicisteis para que os llamen La Cabezonada?
Nunca hay respuestas, sino sonrisa poco amable. Ellos no son
mas tercos que otros baturros. Simplemente se emplazaron en el
caput vallis, en la cabeza, al igual que hicieron, al iniciar
la reconquista, los monjes-soldados de San Juan de la Peña,
quienes fundaron junto a La Cabezonada otro monasterio, el de
San Victorián, para hacer frente a los moros de las llanuras.
De vuelta, pues, a nuestra cabeza del Valle de Laguar, digamos
que junto a sus hermanos de Alcalá, Gallinera, Ebo, Forna,
Pop, etc. estos moros en el siglo XIII ya se habían convertido
en verdaderos baluartes contra la reconquista cristiana Jaime
I tuvo una constante batalla contra las sucesivas revueltas.
El nombre de Laguar está documentado el año 1245
como Alahuar, «coyam que est supra Alhuar» (cueva
que se encuentra arriba de Alahuar), lo que induce a pensar que
es un nombre árabe, al-agwár «las cuevas».
Lo confirma la densidad de cuevas existentes en las montañas
y laderas del río Ebo, alguna de ellas ocupadas desde
el Neolítico. Escolano dice que los moriscos lo llamaban
Joca Alahuer «cuevas escondidas» pues utilizaban
estos escondrijos anticipándose premonitoriamente
a Bin Laden para salvarse y acosar a los destacamentos
gubernamentales, hasta la batalla definitiva del 21 de Noviembre
de 1609. Fue tan importante y esperada esta victoria que el arzobispo
patriarca de Valencia, D. Juan de Rivera, instituyó con
dote, la procesión que, saliendo anualmente de la catedral
de Valencia hacia el colegio de Corpus-Christi, conmemora el
acontecimiento.
El valle quedó totalmente deshabitado al ser embarcados
los moriscos no rebeldes en el puerto de Dénia con destino
al Magrb. Estos mal-vendieron a toda prisa sus viviendas, bienes
y alhajas para llevárselo en metálico. Quedó,
pues, el valle con 180 casas deshabitadas, que fueron más
tarde repobladas por mallorquines. Pero no todo el mundo fue
expulsado. Hubo un pequeño porcentaje de moriscos que
pudieron permanecer con el fin de mantener algo vivas las tareas
agrícolas, los oficios y el servicio. También los
niños gozaron de tal prebenda, así consta en el
archivo de Pego un documento del 19 de diciembre de 1609, en
donde se anota que: «Lo retor de Pego té dos chiques;
la una de edad de 11 a 12 añs y l'altra de 4 añs.
Chaume Mestre, un chiquet de mamella, altre de 11 añs
y altre de 7 añys. Y así sucesivamente se anotan
los nombres de 71 morets». Y colorín colorado la
leyenda del Cavall Vert ha terminado.
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